Hermanos a la fuga PDF Imprimir E-mail

Hermanos a la fuga

Por John Dyson

Tres hermanos con mucha imaginación lograron cruzar el Muro uno a uno. Esta es la sorprendente historia de estos magos del escapismo.

Los dos aviones “ultraligeros” zumbaban en el cielo al alba, sobrevolando el Muro de Berlín, a sólo 250 metros de altura. A la izquierda de la franja de la muerte, iluminada con focos, estaba Occidente, donde los aviones, poco más que butacas con alas hechas de tubos y telas, despegaron unos minutos antes. A la derecha del muro estaba el Este, la zona peligrosa en la que pretendían entrar.

A los mandos del primer avión, Ingo Bethke estaba tan tenso como lo estuvo en su propia huída de la RDA, pero sonreía ampliamente de satisfacción. No había señales de actividad de los guardias fronterizos. Sus normas les prohibían disparar a un avión sin permiso. Para confundir a los guardias fronterizos aún más, se habían pegado unas grandes estrellas rojas tipo soviético en las manchas de camuflaje de las alas de diez metros. Ambos pilotos —Ingo y su hermano Holger— llevaban abrigos del ejército y cascos con estrellas rojas.

El tercer hermano, Egbert, estaba escondido entre los arbustos esperando a que aterrizaran.

Los tres hermanos habían crecido en el sureste de Berlín y se habían criado como fieles y leales amigos. Ruidosos y bulliciosos, se metían siempre en líos. Sus padres eran, no sólo oficiales de policía de alto rango, sino también férreos comunistas.

Ingo, el mayor sólo por un año, tenía 7 cuando se construyó el muro. Deseaba ver mundo pero nunca podría ser mientras estuviera atrapado en el Este. Al incorporarse al servicio militar, se unió a un regimiento que custodiaba la frontera a lo largo de 80 kilómetros del Río Elba, al norte de Berlín. Fue conociendo la zona e ideó cuidadosamente un plan, manteniéndolo en secreto.

En mayo de 1975, con 21 años, y mientras trabajaba como barrendero, Ingo consiguió alquilar un coche durante un fin de semana, después de esperar cuatro meses. Condujo junto a amigo hasta la frontera “verde” a lo largo del Elba, donde había estado patrullando. No había muro pero la franja estaba llena de peligros: primero había una franja ancha de arena cuidadosamente rastrillada. Después, una valla de metal rígido coronada por alambre de espino y un cable tendido que activaba los focos nada más rozarlo. Detrás, había una tira de minas. Las atravesaron con éxito. Cuando llegaron a la orilla del río, inflaron unas colchonetas y remaron silenciosamente 150 metros hasta la otra orilla.

En la carretera había aparcada una furgoneta de la policía fronteriza de Alemania Occidental. “Hace frío para nadar esta noche”, le dijo el policía a Ingo cuando dio unos golpecitos en la ventanilla. “No si nadas para salir del Este”, sonrió Ingo.

La fuga desencadenó una mayor presión sobre los miembros de la familia que habían quedado atrás. Los padres de Ingo perdieron sus puestos de trabajo. A Holger, el hermano más pequeño, lo seguían a todas partes. En marzo de 1983, la noche de su 30 cumpleaños, movió ficha.

Durante semanas él y un amigo habían practicado tiro con arco y habían estado ensayando en el bosque. Holger había divisado una calle cerca de Treptow Park donde la franja era estrecha con casas altas a ambos lados. Entonces se encaramó hasta un ático y llegó a una ventanita que había en el tejado.

Con un potente arco, lanzó una flecha que voló 40 metros sobre la frontera y llegó más allá de la casa de enfrente. Marcó el camino con hilo de nylon. Con el hilo de nylon, Ingo lanzó un cable por encima de la frontera. Holger ató su extremo alrededor de una chimenea; e Ingo el suyo al parachoques de su coche y lo condujo unos metros para tensar el cable. Había llegado el momento.

Holger había fabricado una polea dentro de una estructura con dos asas y un tira para sujetarse la cintura. La enganchó a la cuerda, se agarró a las asas y se lanzó al vacío. Con un zumbido suave, se deslizó silbando sobre la frontera y se las arregló para alcanzar el balcón del piso superior de la casa de enfrente. Ya estaban dos de los hermanos en el Oeste.

Ingo y Holger regentaban un bar llamado ‘Al Capone’ en Colonia y se devanaban los sesos para ayudar a su hermano mediano.

Una foto que apareció en una revista Playboy de un mini helicóptero llamó la atención de Ingo. Fue a verlo a una feria de Hannover, pero sólo era un prototipo. Por casualidad, sin embargo, él y Holger conocieron a dos pilotos franceses que les hablaron de unos pequeños aviones llamados “ultraligeros”. Fueron a Francia y realizaron un vuelo. “Ya está”, dijo Ingo. “Ahora podemos arrancar a Egbert del Este”.

Los aviones, con unas alas de diez metros carecía de toda protección para el piloto y los pasajeros: un par de asientos uno al lado del otro, unas pequeñas ruedas y un motor de una moto de nieve. Se podía desmontar y ser transportado en trailer.

Los preparativos llevaron cuatro años. En mayo de 1989, Ingo y Holger fueron en coche hasta Berlín y enviaron un mensaje codificado a Egbert: ‘Ulrike va bien’. Era la señal para que Egbert estuviera preparado.

El 25 de mayo a medianoche las condiciones meteorológicas parecían buenas. En un campo de deporte de un parque montaron los dos ultraligeros. En caso de que uno chocara, intentarían despegar en el otro con los tres a bordo.

Ingo comprobó que los cables de control estuvieran bien. A las 4:15 de la madrugada, Egbert tomó posiciones entre los arbustos. Minutos después, los dos pilotos pusieron los aviones cara al viento y encendieron los motores. Ingo perdió altura mientras Holger daba vueltas alrededor, listo para descender si tenía problemas.

Egbert salió de su escondite, corrió hasta el avión y saltó al sitio vacío. Ingo no lo veía desde hacía 14 años pero no había tiempo de hablar. Con otro hombre a bordo, el avión fue ganando velocidad lentamente. Se elevó del suelo y pasó rozando los árboles. Ingo se dirigió al muro otra vez en dirección norte. En cinco minutos, vio la mole del Reichstag emergiendo en el horizonte, al lado oeste del Muro.

La gran explanada delante del Reichstag se convirtió en la pista de aterrizaje. Los dos pequeños aviones retumbaron hasta que se detuvieron y los tres hermanos saltaron fuera. Los amigos que los estaban esperando se los llevaron a tomar una cerveza. “Fue el mejor trago de mi vida”, dice Egbert. “Pensé que nunca volvería a ver a mis hermanos pero aparecieron en el cielo como si fueran ángeles y me llevaron al paraíso”.


 
 


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